Tengo que reflexionar

 3 de abril del 2024

Hoy llegué al salón y, como es habitual, varios de mis alumnos —los que suelen correr por la escuela a pesar de que está prohibido— me pidieron permiso para salir al patio. Les respondí que sí, pero con la condición clara de que no podían correr, y que si los veía haciéndolo, los regresaría al salón para sentarse.

Minutos después, efectivamente, los observé corriendo, así que cumplí con lo acordado y los llamé para que regresaran al aula. Sin embargo, uno de los alumnos no obedeció la indicación y, en lugar de sentarse como le indiqué, fue con otro grupo de niños a ponerse a colorear. Al verlo, me acerqué y le pedí nuevamente que se sentara en su lugar. En ese momento, mi maestra titular me hizo una recomendación muy valiosa: me sugirió que evitara regañarlo tan seguido y que, en lugar de usar un tono tan estricto, intentara buscar una forma diferente, más amable o lúdica, para llamarle la atención.

Entendí su punto, ya que en días anteriores ya había tenido que intervenir con ese mismo alumno por conductas como empujar a sus compañeros, golpearlos, no seguir indicaciones o decir malas palabras. Me di cuenta de que repetir el mismo enfoque autoritario no estaba generando un cambio positivo en su comportamiento, sino que podía estar afectando su disposición a cooperar.

Así que tomé en cuenta la sugerencia de mi maestra y comencé a buscar una forma distinta de comunicarme con él. Intenté hablarle de manera más cercana, usando un tono más juguetón y amable, con el objetivo de que no se sintiera regañado o agredido, sino comprendido. La intención era establecer límites claros, pero desde un lugar de empatía y respeto, para que pudiera reconocer sus errores sin sentirse rechazado.

Este momento me dejó una enseñanza muy importante sobre cómo el tono, el lenguaje corporal y la manera en que nos dirigimos a los niños puede influir significativamente en su reacción y en la relación que construimos con ellos. Como practicante, estoy aprendiendo que poner límites no significa necesariamente ser duro o autoritario, sino ser firme con respeto y buscar siempre el bienestar emocional de los alumnos.

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